domingo, 9 de septiembre de 2012

La santísima trinidad

Con todo esto de la crisis raro es el día que no aparece en cualquiera de los múltiples “debates” radiofónicos y televisivos (entrecomillo el término porque para que haya debate tiene que haber diversidad de ideas, y en muchos de los casos ésta brilla por su ausencia) algún “todólogo” (sí, esos periodistas iluminados que opinan de todo sin saber de nada y, en vez de aportar datos, justifican sus intervenciones basándose en la ortodoxia económica, el ideario de su partido de “centro-derecha” y la inviolabilidad de la suprema unidad de España) defendiendo a voz en grito que el cáncer de España es el sistema autonómico, y que la única forma de salir de la crisis es deshacernos de él. Tienen razón. Aquí alguno pensará que me he vuelto loco, que cómo puedo decir eso después de la introducción que acabo de hacer. Tienen razón en la idea de fondo, el sistema autonómico poco a poco ha pasado de ser la panacea universal sobre la cuestión de la unidad de España a ser en parte el causante de todos los males que hoy nos acucian. Sin embargo, los motivos que exponen no coinciden en absoluto con los míos.

Es cierto que, en general, las comunidades autónomas, con independencia del signo político de sus gobernantes, se han convertido en un nido de corruptelas, empresas públicas de dudosa utilidad, gobiernos paralelos formados por asesores y cargos de confianza, cajas de ahorros financiando campañas electorales, proyectos faraónicos y otros “pelotazos” con dinero que no tenían… Sin embargo, en lugar de proponer soluciones políticas y jurídicas para eliminar estos problemas y evitar que se vuelvan a producir en el futuro, se limitan a repetir como un mantra que “la culpa de todo la tiene el sistema autonómico” y que “con 17 reinos de taifas no vamos a ninguna parte”. Quieren deshacer lo poco que queda de la esencia de un sistema que en su día la inmensa mayoría de los españoles apoyó a través de la aprobación de la Constitución de 1978. Digo “lo poco que queda” porque el sistema autonómico original se supone que pretendía reconocer las diferencias existentes entre las nacionalidades históricas y el resto de España, diferencias cuyo reconocimiento legal ya se han encargado desde Madrid de ir diluyendo con el paso del tiempo y de, si a alguien se le ocurre intentar recuperarlo, poner todos los medios necesarios (usando cuando les ha sido necesario de forma torticera y partidista las instituciones del Estado) para que la cosa no prospere. Con esto tampoco pretendo dar por buena la no menos importante cantidad de tropelías y barbaridades cometidas en nombre de un derecho tan importante (lo de importante no lo digo yo, lo dice la ONU) como es la autodeterminación de los pueblos, empezando, como no puede ser de otra forma, por el siempre execrable e injustificable terrorismo y acabando, por ejemplo, por la ruina económica a la que se ha visto abocada Catalunya debido a la progresiva conversión de su histórica e innegablemente legítima Generalitat en una especie de “pseudoestado” puesto desde el primer día al servicio exclusivo de la molt honorable burguesía catalana.

En resumen, más de 30 años después, cierta parte de la sociedad española sigue sin entender que, de la misma forma que el conjunto de España ha sido lo que los españoles hemos querido que sea (o al menos lo que nos han dejado), en Galicia, Euskadi o Catalunya también tenemos derecho (servidor, el que suscribe, es gallego) a que al menos se nos pregunte en serio qué es lo que queremos ser. Estoy seguro de que si se nos deja opinar con libertad y asegurando que elijamos lo que elijamos se acatará nuestra decisión, se reconocerá nuestra identidad y se nos permitirá defender de forma efectiva nuestros derechos, quizás la tan por algunos temida independencia no sería la opción ganadora en ninguno de los tres casos. Y si al final resultase serlo, pues estamos en nuestro pleno derecho de proclamarla como naciones plenas que somos (lo de tener idiomas propios no es invención nuestra de hace dos días, precisamente), será cuestión de negociar, que para eso somos personas civilizadas y se supone que vivimos en una democracia. Sin embargo, por desgracia, para el nacionalismo español más recalcitrante en este tema no hay negociación posible. Su único objetivo es recuperar a toda costa esa ilusión de uniformidad (que no es lo mismo que unidad, cualquier español con un mínimo de cultura sabe que España ni es ni nunca ha sido uniforme, pero que cuando ha sido necesario ha sabido mantenerse unida) que destilaban aquellas entrañables expresiones de “España, una. España, grande. España, libre”, “España una y no cincuenta y una” (algunos, después de leer e interpretar la Constitución a su manera, han mostrado incluso estar dispuestos a revivir aquello de “Caídos por Dios y por España, ¡presentes!” ante cualquier amago de autodeterminación) o “La religión oficial de España es la católica, apostólica y romana”. Y a colación de esta última perla, me asomo a la caverna para lanzarles la siguiente pregunta: si entonces aceptaban (y supongo que ahora siguen aceptando) con fe ciega aquello de que “Dios es uno y trino”, ¿qué les impide entender que España pueda ser una y varias a la vez? En el fondo, la idea es la misma. Por favor, háganse mirar su hipocresía y harán un favor a su querida “unidad de destino en lo universal”.